Vino Diego… y se hizo el show
San Pedro Sula. Lo vi y no lo podía creer. La zurda que me hizo conocer los momentos mágicos de los años ochenta estaba allí, en suelo catracho, pisando el césped del Olímpico junto a otros consagrados como Zarate, Mancuso, Almeyda y Mcallister. Es cierto que en el otro equipo había mucha gloria junta, pero la gran verdad es que todas las miradas se centraban en el barbudito, pelo largo mojado con una barriguita que empieza a parecer montecito.
El 10, el mejor 10 de todos los tiempos, el Diego de las gentes que nos regaló esos lindos pincelazos que lo dieron a conocer por todo el planeta. Su showbol, el espectáculo que viaja por el mundo, fue todo un derroche de trucos, fintas, toques. Diego Maradona se tomó las cosas tan en serio que se quitó los años de encima y los dejó a un lado cada vez que se vio obligado a sacar brillo de sus botas.
Lo primero fue un toquecito sutil, después un cierre exacto, tan exacto que eso significó la apertura de la cuenta apenas a los dos minutos. Después llegaría una andanada de goles, hasta el punto de poner las cosas 3-0 apenas en 8 minutos de juego. Y Maradona, el Diego, hacía de las suyas. Lanzaba besos a las tribunas en pleno juego, tocaba con ese misterioso toque que hace ver las cosas tan fáciles cuando nacen de sus botas.
Sí, un pase milimétrico, una asistencia, el servicio de primera. Repito, lo vi y no lo podía creer. La sola presencia de Maradona evitaba poner la mirada en otro asunto. Iban cuatro… En eso miré el marcador y la cuenta ya estaba en 4-1. Obvio, era lo de menos. Zarate dejaba entrever una jovialidad envidiable, Mancuso era el ajusticiador de media distancia, Ruiz el tapatodo en el arco y Mcallister la seguridad en el fondo. Había para llenarse el estómago de puro fútbol.
Emilson Soto sacó la cara y puso las cosas 4-1, luego de excelentes goles de Almeyda, Mancuso y Zarate. Se preguntarán quizás por qué solo se habla del equipo foráneo, y la respuesta es sencilla. Los nuestros se quedaron cortos en el marcador al final de la primera parte, y era poco lo rescatable de un conjunto en el que brillaron más las viejas glorias que los jugadores activos.
Daba gusto ver a Jaime Villegas, a Primi Maradiaga, Soto y Pavón Molina. Hicieron recordar aquellos años en los que el engramillado era testigo de sus hazañas. En eso recordé que era necesario ver el marcador, y ya la cifra dejaba un claro dominador, 6-1 en favor de usted ya sabe quien, el equipo de Diego.
A medio gas. Maradona y los suyos se fueron a los camerinos para descansar y planificar la segunda parte. Luego vendrían otras cosas memorables, casi lo mismo del primer tiempo, solo que esta vez con una pausa que invitaba a no perderse detalle. Saltó Diego a la cancha y el flash inundó el espacio. Era necesario hacer memorable el álbum con una instantánea que quizá en otro tiempo resultaría imposible recoger.
Y así llegaría el 6-2, en piernas de Carlinho. El 7-2 corrió por cuenta del Ratón Zarate y sus endiabladas fintas. El distanciamiento total en la cuenta fue obra de Rambert… Luego llegaría el cierre a lo Maradona. A su estilo, con ese toque personal inolvidable.
Se metió por la banda derecha, aprovechó el rebote y dejó sentado a Orlin Vallecillo. Ese fue el final que todos querían ver. A esa altura de la noche, el público se rindió a la calidad futbolística de la visita. Gritaron: “Diego, Diego, Diego…”, y él respondió con los brazos en alto.
Luego saludó a la gente que estaba cerca de la barda y lanzó muchos besos al aire en señal de agradecimiento. El fútbol se había ido, pero la presencia de Maradona seguía tan viva que por última vez pensé en lo que había vivido y no lo podía creer. El mejor jugador del mundo estuvo en Honduras, con más años, pero casi el mismo fútbol. ¡Gracias, Diego!
Fuente: El Heraldo